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HISTORIA DE LA INMIGRACION CCCCCCCC Durante una semana he estado dándole vueltas a la cabeza sobre que escribir para el acto que aquí nos reúne. Ayer tarde, por fin, lo tenia listo. Tras leerlo repetidas veces, decidí tirarlo a la papelera. Lo que aquí les voy a contar ocurrió en realidad. Está escrito casi apresuradamente y con el corazón… pero no se fíen de mi sinceridad. Alguien dijo una vez que ésta, sólo se utiliza para atraer la confianza de los otros… por eso les pido, por favor, que no confíen en mi… eso seria otorgarme demasiada responsabilidad. Ésta es la historia de una llamada de teléfono que se produjo la mañana del 5 de febrero de 2001, tras el naufragio de una patera en la Cala de la Jabonera en Tarifa. Ésta es la historia de una llamada que no debería haberse producido. Estaba metido en el agua con ropa y botas, soy poco reflexivo y tal como las pienso las hago. Estaba, como decía, metido en el agua con ropa, botas y cámaras para fotografiar al muerto que flotaba tieso a escasos metros de la orilla. Entré en el agua, quizás, porque estoy harto de fotografiar muertos y quería un encuadre diferente… que tontería… un encuadre diferente… cosas de fotógrafos. Una foto, otra… un golpe, otro. Ahora en vertical, así evito a los compañeros que me están jodiendo las fotos… bueno… yo estoy jodiendo las de ellos. Paco, Andrés, Tony, Roca, compañeros de fatigas. Estoy seguro de que cada uno de ellos tiene un trocito de corazón enterrado para siempre en las arenas de las playas de Tarifa. Fotógrafos… vivimos esperando un descuido de Cronos para robarle un instante y transformarlo en eterno. Perdonadme compañeros pero a veces pienso que el estrecho nos viene grande. A veces pienso que estamos en lo más ancho del estrecho. Foto tras foto, golpe tras golpe. Junto al muerto tieso que flotaba cerca de la orilla, había otro. Con cada ola, éste era empujado y golpeado brutalmente contra las rocas. Seguí haciendo fotos hasta que me canse de oír golpes. Agarré como pude al muerto por los hombros y tiré de él para intentar sacarlo hasta la arena. Creo que lo que sentí en ese momento es lo más parecido al miedo que he sentido en mi vida. Lo solté aterrado, recule tropezando con las piedras y caí sobre ellas… ni sentí el golpe. El miedo no te permite percibir otras sensaciones. No… no cogí el teléfono…, ¡claro que no lo cogí…! ¡¿para decir qué!!?!. ¿Alguien quiere explicarme que se ha de hacer en una situación como esa?. …Claro que no lo cogí… ¿qué creen?… que soy el recepcionista del Hotel Europa Paraíso. Durante mucho tiempo he pensado en todo aquello, aun lo hago. ¿Quién hizo aquella llamada?, ¿un mafioso de Almería que venia a recogerlo?, ¿un hermano?, ¿un amigo de la aldea?, ¿su mujer?… ¡No…, lo llamaba su madre!. Probablemente nunca sabremos con certeza quien hizo aquella llamada, pero yo quiero creer que era su madre… y punto… para eso es mi muerto. ¿Saben?…, me gustaría conocer a esa madre. Me gustaría sentarme con ella y charlar… decirle que su hijo parecía dormido. De verdad, en casa tengo la foto para el que quiera verla. Allí la tengo, de vez en cuando la saco de la carpeta gorda que pone muertos y le echo un vistazo para no olvidarme de él. Allí está, dormido, con su teléfono envuelto en cinta de embalar… sí…, la marrón, la de la tienda de los 20 duros. Allí está, dormido, con el chándal viejo que heredó de su hermano, con las zapatillas negras de plástico… las del balón… las que se compró en el zoco viejo de Tánger poco antes de salir. ¿Saben?…, estaría bien poder sentarme con ella y pedirle perdón. Me gustaría preguntarle si fue ella quien hizo la llamada…, me gustaría decirle que no fui capaz de coger el teléfono, que fui cobarde y salí corriendo. Me gustaría decirle que no hay día en el que no oiga el teléfono y que no hay día en el que no me acuerde de su hijo, el que tengo en casa, durmiendo, en la carpeta gorda … la que pone muertos.
Desgraciadamente, nos hemos seguido reuniendo en la Plaza Alta de Algeciras como acto de repulsa, denuncia, dolor y recuerdo ante el fallecimiento de personas que trataban de llegar a ese “mundo imaginario” de esperanzas y futuros, pero en el que encontraron el hundimiento de sus propias vidas. Aquí relatamos algunos de los comunicados que algunas personas quisieron escribir y leer para recordar a esas esperanzas frustadas: “Ya pasó las horas de las lágrimas. Las fuimos echando todas a ese mar, que es el morir, desde aquel primer cadáver que abrazó nuestras costas, dicen que a finales del año 88. Ya está bien de lástima y ya está bien de rabia. Nos hemos mordido los labios en silencio, hemos salido a las calles para intentar inútilmente que las leyes fueran leyes y no abusos, para que el sentido común ocupara la casa de los poderosos, para que el mundo dejara de ser un abismo por donde se despeñan tres cuartas partes de nuestros hermanos de especie, hacinados en ese enorme desván al que le hemos puesto el confortable nombre, el eufemismo políticamente correcto, de Tercer Mundo. Los muertos del Estrecho son como los muertos en la zona cero de Maniatan, como los muertos en las ensangrentadas montañas de Afganistán, como los muertos que van a empezar a florecer como hongos en el desierto de Irak, más temprano que tarde, de un momento a otro. Los muertos del Estrecho son señales de alarma, un altavoz que nos dice que toda la humanidad está en peligro, un eco que nos repite que viene el lobo, que viene el lobo, atrincherado bajo las formas de la nueva esclavitud y de los contratos basura; que viene el lobo, que viene el lobo, el que dice exportar libertad pero sólo exporta ejércitos y tiranía; que viene el lobo, el que vino siempre, a devorar esta enorme manada de borregos en la que nos hemos terminado convirtiendo.
¿A cuántos de estos supuestos empresarios se ha detenido, se ha conducido a una celda con las manos esposadas, se les ha deportado del país del sacrosanto libre comercio?. Algeciras, 3 de enero del 2.003 Juan José Téllez
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